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Luego que acampé en la inmediaciones de la ciudad, se agolparon
las personas de menores conveniencias con municiones
de boca para subsistencia de la tropa, caballos, monturas
y carros para el bagaje: pidieron armas hasta los niños,
se unieron las Miñones en las guerrillas de las
calles dos días antes de la acción decisiva,
y entraron en ella cargados con la artillería
sin excepción de edades, acompañados de
una mujer varonil con un denuedo superior a todo encarecimiento,
y una alegría, presagio de la victoria que ganaron
con su sangre.
Aquella multitud de pueblo que se agregó
en el corto tránsito de los Mataderos de Miserere
al ventajoso puesto del Retiro, ocupado con denuedo,
me facilitó derrotar y amedrentar al; enemigo,
por el singular esfuerzo con que sacaron a campo limpio
la artillería detenida y atollada en el acampamiento
del Retiro, como en las calles de la ciudad: de modo
que me vi rodeado en la plaza mayor de un cuerpo inmenso
de guerreros, cuyas voces de ¡Avance! ¡Avance!,
confundían casi al estruendo de la artillería
y llenaban de horror al enemigo...
A las 12, a cuya hora repasando que
con uno de mis cañones podía batir las
fuerzas que los enemigos tenían en balizas, lo
coloqué en sitio oportuno, y aunque los tiros
por la elevación de la barranca no se podían
aprovechar bien, logré el pegar un balazo a una
lancha cañonera, quien con este motivo no pudo
corresponder a nuestra fuego: y habiéndole dirigido
sobre una fragata, le cortamos la pena de su mesaran
donde tremolaba la bandera británica, la que
cayó al agua, feliz pronóstico del aje,
que debía recibir el día siguiente en
la Plaza de Buenos Aires.
Santiago de Liniers
(Parte del 11 de agosto de 1806)
(En Cabildo Nº 1. 2da. Epoca,
VIII-1988. Pág. 35)
Antonio Teruel
L.E. Nº 7.520.999
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